Las raíces del ballet no se encuentran en los grandes teatros de ópera de nuestra época, sino en los suntuosos palacios del Renacimiento italiano del siglo XV. En aquel entonces, el llamado Balletto no era un evento escénico independiente, sino una parte integral de las fiestas cortesanas. Los príncipes adinerados utilizaban estas representaciones minuciosamente escenificadas para demostrar su riqueza, su poder y su influencia política. Los bailarines no eran profesionales, sino los propios nobles, que se movían en formaciones geométricas estrictamente coreografiadas.
Cuando la noble italiana Catalina de Médici se casó con el rey francés Enrique II en el siglo XVI, llevó esta forma de arte a la corte francesa. Bajo su patrocinio, el espectáculo evolucionó y combinó música, danza, canto y poesía. Estas primeras formas de danza estaban fuertemente marcadas por la moda de la época. Los vestidos pesados hasta el suelo, los miriñaques amplios y las máscaras rígidas limitaban enormemente el movimiento de los bailarines. El objetivo principal era la representación, la elegancia y el cumplimiento de la estricta etiqueta cortesana, no los logros deportivos ni los saltos expresivos.