Cómo el anhelo de ingravidez elevó la danza
El anhelo de anular la gravedad marcó el siglo XIX como pocas otras épocas. En el transcurso del romanticismo, la gente deseaba alejarse de la cruda realidad marcada por la industrialización y dirigirse hacia mundos etéreos llenos de espíritus, sílfides y seres inalcanzables. La historia del desarrollo de la danza en puntas está inseparablemente ligada a este cambio cultural. Para representar de forma creíble a estos espíritus y seres fabulosos, el simple hecho de caminar con el pie plano ya no era suficiente. Las bailarinas tenían que abandonar el suelo visualmente.
La historia de la ingravidez en el ballet no comenzó, por tanto, como una ambición deportiva, sino como un efecto puramente teatral. Los primeros intentos a finales del siglo XVIII todavía utilizaban construcciones mecánicas de cuerdas, las llamadas máquinas de vuelo, para elevar a las bailarinas sobre las puntas de los pies durante unos pocos segundos. Sin embargo, la verdadera revolución en la sala de baile tuvo lugar sin cuerdas: las bailarinas comenzaron a ponerse de puntillas por su propia fuerza para prolongar el momento de la levitación. Esta innovación física cambió la estética de la danza para siempre y sentó las bases del repertorio clásico que todavía hoy admiramos en los escenarios.

